En el año 2019, cuando la crisis migratoria comenzaba a sentirse con fuerza en el norte del Perú, algo decisivo ocurrió en Chiclayo, en la región Lambayeque. Ante la creciente llegada de ciudadanos extranjeros —muchos de ellos en situación de extrema vulnerabilidad— el entonces obispo Robert Prevost, hoy el Papa León XIV tomó una decisión que cambiaría cientos de vidas: crear la Comisión de Movilidad Humana y Trata de Personas en esta zona del país.
No fue un gesto simbólico. Fue una respuesta concreta al dolor que veía en las calles.
En diálogo con la Agencia Andina, Mercedes More- integrante de esta comisión recuerda que el exobispo convocó a religiosos, laicos y voluntarios comprometidos con la labor social de la Iglesia. Entre ellos, nombres que hoy siguen sosteniendo esa obra silenciosa: Augusto Martínez, Yolanda Díaz y decenas de colaboradores que decidieron acompañar a quienes lo habían perdido todo.
El pastor que caminó con su pueblo
Indicó que quienes lo conocieron coinciden en una imagen: no era un obispo distante. Era un pastor presente.
“Salía a caminar por las calles y veía a familias enteras durmiendo en las veredas, con niños, sin comida, sin documentos”, recordó Mercedes More. Las escenas se repetían en los alrededores de la Catedral de Chiclayo, en avenidas como Elías Aguirre o Pedro Ruiz.

Esa realidad lo marcó profundamente.
“Era un pastor con olor a oveja que caminó por todas las calles de Chiclayo y la región”, dice Mercedes quién trabajó a su lado. No solo escuchaba: actuaba. Gestionó ayudas, promovió convenios, impulsó atención en salud y educación, y luchó contra la xenofobia que comenzaba a instalarse en la sociedad. Su objetivo era claro: devolver la dignidad a quienes habían sido invisibilizados, dijo.
Una red de ayuda que salvó vidas
Desde su creación, la Comisión de Movilidad Humana no solo brindó acompañamiento espiritual. Se convirtió en un soporte real para cientos de migrantes venezolanos y extranjeros.
Se organizaron equipos de salud que lograron atender casos en hospitales como Las Mercedes de Chiclayo, incluso cuando muchos pacientes no contaban con seguro ni documentación. Se gestionaron medicamentos, alimentos y asistencia básica gracias a donaciones y redes solidarias.
Pero también hubo momentos duros
“Hemos enterrado a más de 70 hermanos migrantes”, relató con dolor Mercedes More. En algunos casos, el propio entonces obispo intervenía para asegurar que quienes morían en el anonimato tuvieran un entierro digno.
“¿Qué podemos hacer para que ese hermano sea enterrado como merece?”, preguntaba. No toleraba la indiferencia, nos expresa Mercedes More.
Un legado que cruzó fronteras
Gracias a su impulso, muchos migrantes lograron algo fundamental: validar sus estudios y reconstruir sus vidas. Profesionales que habían llegado sin oportunidades pudieron regularizar su situación y volver a ejercer.
Ese impacto no se mide solo en cifras. Se mide en historias. En familias que dejaron de dormir en la calle. En niños que volvieron a estudiar. En personas que recuperaron su identidad.
El día que la noticia paralizó corazones
Años después, la historia dio un giro inesperado. La noticia de que monseñor Robert Prevost había sido elegido Papa sorprendió a quienes compartieron su misión. Muchos se encontraban en servicio pastoral cuando escucharon el anuncio.
En la parroquia San Juan María Vianney de Chiclayo, donde se desarrolla la pastoral migrante, la reacción fue inmediata: lágrimas, abrazos, incredulidad.
“Saltamos y lloramos de alegría. Nos llamaban de todas partes preguntando si era verdad”, recordó Lisbeth Díaz, en diálogo con la Agencia Andina. Ella es una maestra y docente venezolana (oriunda del estado Lara) que se convirtió en una figura clave en la labor social de acogida a migrantes en Chiclayo, trabajando estrechamente con quien fuera el obispo de esa ciudad y posteriormente elegido como Papa León XIV.
Para ellos no era solo una noticia mundial. Era alguien cercano. Alguien que caminó con ellos.
Un Papa que nació en las calles de Chiclayo
Incluso en medio de circunstancias personales difíciles, como una hospitalización, la noticia llegó con fuerza. La emoción fue tan intensa que muchos la describen como indescriptible.
“Siempre decíamos: de repente sale Monseñor Robert… y salió”, cuenta entre sonrisas y lágrimas Mercedes More- que recibió la noticia de la elección del padre Roberto como Sumo Pontífice, en una cama del hospital Almanzor Aguinaga. “Dentro de la Comisión de Movilidad Humana siempre decíamos de repente sale como Papa, monseñor Robert (…). Él caminó con nosotros, con su pueblo”, nos expresó emocionada.
Hoy, convertido en líder de la Iglesia Católica, su esencia no ha cambiado. Quienes lo conocieron aseguran que su pontificado refleja la misma vocación: mirar a los más pobres, escuchar a los olvidados, acompañar a los vulnerables.
Una misión que continúa
La Comisión de Movilidad Humana sigue activa en Chiclayo. Con el liderazgo de sus coordinadores y el apoyo de parroquias, voluntarios y organizaciones, el trabajo no se ha detenido.
Comedores sociales, atención en salud, acompañamiento espiritual y asistencia legal continúan siendo parte de una labor que nació del compromiso de un obispo… y que hoy se proyecta al mundo entero.
Para quienes compartieron ese camino, el mensaje es claro: el legado no terminó con su partida a Roma.
“Él nos dejó la valla alta”, dijo. Y la responsabilidad es seguir.
“Seguir acompañando. Seguir escuchando. Seguir devolviendo dignidad. Porque en las calles de Chiclayo no solo se formó un Papa. Se sembró una misión que hoy conmueve al mundo”, concluyó Mercedes More.